Néstor Mendoza, pasajero de voz y gestos

Néstor Mendoza es un observador que transita en busca de rostros, gestos y actos. Aparta la carne y escudriña en el cansancio, la bondad y la tristeza. Sus versos se alimentan de lo cotidiano e íntimo.
Mendoza (Maracay, 1985), quien fue el ganador del IV Premio Nacional Universitario de Literatura Alfredo Armas Alfonzo, mención poesía, con su obra Andamios publicada en el 2012 por la editorial Equinoccio, presenta su segunda obra, Pasajero, con el nuevo sello de Dcir ediciones (fundado por el maestro Carlos Cruz-Diez y la poeta Edda Armas).

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Pasajero, Néstor Mendoza /Dcir Ediciones

 Dicho libro se divide en tres partes constituidas por 28 poemas. Bien es cierto que prevalece el verso libre, pero se destacan dos composiciones poéticas antiguas: Una sextina en el poema del mismo nombre y una cuaderna vía en los versos de “Prisionero”.
En el primer poema, del cual recibe el título esta edición, nos lleva a un entorno mecánico de lata y humo, donde hombres y mujeres se desplazan con todo el peso de la rutina sobre el asfalto. El poeta pasajero en el camino suda a través de un ritual diario y dice que no es un extraño, que su vida se cruza con los pesares, con los sueños de otros en un autobús: “Hay un poco de inocencia / en estos perfiles: / algunos cierran los ojos / en un sueño momentáneo, / se dejan detallar, auscultar. / Sin que lo noten, presentan una mueca íntima, / un gesto breve. / Admiro a las personas que duermen / en el autobús, ofrendan el sueño y no lo saben” (…) “Gente buena que me mira, en el bus, y escarbo / su costado amable, muy adentro”.
En “Un hilo claroscuro” se repite esa observación cotidiana y minuciosa, capaz de exponer con notable sencillez a los transeúntes y su entorno: “Así van los hombres deliberadamente ausentes; / con su cuota de sol, marchan / y no preguntan qué sucede en los negocios / y la sombra que a esta hora no existe”. Pero al igual está el reclamo hacia el dolor, la violencia y la muerte en el país, que recibe el nombre de mes, “Febrero” quizás un 12 de febrero de 1814 o 2014: “Hay una pequeña urna donde pretenden acumular / el exceso del paisaje incómodo, / doloroso / (manos y piernas quietas / para siempre) e hincar, hondo, / el acero del fusil”.
Lo femenino palpita en este poemario. La mujer protagonista en esta obra es, a veces, la criatura “Dócil” que sufre la injusticia de los golpes de su amante. De esta manera, Mendoza se atreve a mostrarnos un cuadro sobre la violencia de género del que fue testigo: “Una cantidad indeterminada / de puños se ensañó contigo. / Quebró la longitud blanca del hueso, / en partes que no pueden armarse de nuevo, / o que yo, particularmente, no sé armar”. O la compañera que en la intimidad admira, ama y de la que estudia los más mínimos “Gestos”: “Para mí, no existe una sola cara: / puedo interpretar muchas sonrisas / que me indican tu aprobación, / cuando ignoras sin querer / y amas sin que te des cuenta”. Una mujer siempre está presente en su deseo, en su mente, en su rito personal, y ello se aprecia y confirma en “Breve anatomía”: “Dentro del cuarto, / todo lo que admiro duerme en mi cama, / tiene cuerpo delicado y menstruación”.
La sensualidad la hallamos en cada poro de “Barbería”, hombre que toca el rostro de otro: “El que está sentado agradece la navaja, / el trazo suave que poda el cabello / y alínea las patillas.”(…) “Hay un gesto masculino, paterno, / que ambos notan, que se impone”, pero más allá de géneros hablamos del despertar de los sentidos. Esos que muchos asumen dormitados por  tratarse de un corte de pelo que se anota en la lista de la rutina.
Dios también es cotidiano en los versos de Mendoza. Ya lo leímos en Andamios donde un niño corre detrás de Dios cuando suena el timbre en la escuela, porque para él no está  lejos, no está disfrazado de religión, sino de hogar, madre, abuela, esperanza y así nació de una naranja en su poema “Fundación”: “Dios bajó de su burro / sin mirar el horizonte / que dejaba atrás; / solo bendijo la tierra / que habitarían / sus hijos”. Y se niega rotundamente a creer que el hijo de Dios es una imagen de yeso que cuelga inerte en una pared donde le rezan, así lo escribe en Devoción: “Es una figurilla que cuelga laxa, / descarada: ya dejó de ser piel / y aparece la blancura del yeso”.
Pasajero con sus notables y cuidados versos nos deja la impresión de que Mendoza se arriesga, mejora y madura en cada obra que publica y desde ya forma parte de la historia de la poesía venezolana.
Diosce Martínez

Publicado originalmente en  Colofón. Revista Literaria 

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